La narración de cuentos: un arte popular

Aprendiendo en el taller de Ruth Sawyer

Para narrar bien hay que estar gloriosamente vivo, ya que no se puede encender un fuego con leña mojada, eso dice Ruth Sawyer en La narración oral: un arte popular, texto que Babieca les está proponiendo. Tengo que detenerme y domar el potro. Quisiera citar, comentar, glosar cada fragmento, cada página. Eso me está ocurriendo desde que, para la Colección Oralia de la Editorial Tablas, comencé el proceso de selección y notas de textos clásicos norteamericanos sobre las artes del relato, traducidos por Eliseo Diego, María Teresa Freyre de Andrade y María del Carmen Garcini, sin que podamos saber con certeza cuál de los textos tradujo cada quien, o si entre los tres armaron las versiones definitivas. Aquel debió ser un taller renacentista, donde sólo habitaban maestros, pues ninguno de ellos tenía el talante del oficial o el del aprendiz. Todos habitaban en la casa de lo bello y lo útil.
Mayra Navarro, que escribió el prologo de El vuelo de la flecha, libro en el que aparecen estos textos y que deberá salir en Cuba próximamente, me facilitó la colección completa de Teoría y Técnica del arte de narrar cuentos que, entre 1963 y 1971 aproximadamente, editara la Biblioteca Nacional de Cuba. Solamente dejé fuera un ensayo de Padriac Colum, uno de Alga Marina Elizagaray, y otro de la Navarro, aunque al primero lo publicaremos en este mismo espacio y la última aparecerá más de una vez.
Seleccionar supone estudio, detenerse a escuchar en toda su pureza, discernir, escoger. Eso hice y los resultados de esas miradas, de esas escuchas, no se hicieron esperar. Estoy seguro que a ustedes les sucederá lo mismo. Por eso domé al potro, o lo intenté, pues lo mejor en estos casos es ser breve y dejarlos a ustedes a solas con los textos, más no me quiero quedarme con las ganas de adelantarles algunos centelleos.
En los años sesenta, entre el movimiento hippy y las revoluciones estudiantiles, se dio un nuevo renacer de la narración de cuentos en los espacios públicos en muchos países, al unísono prácticamente, y fuera de las instituciones escolares; eso es cierto, pero lo que no, es que La Hora del Cuento “era una actividad exclusivamente con fines educativos, centrada en las aulas y las bibliotecas, dirigida únicamente a niños y protagonizada por escritores de literatura infanto-juvenil, maestros y bibliotecarios”. Lean y verán a la Sawyer referirse a una de sesión de La Hora…, celebrada en la noche, en un club de Greenwich, para un publico adulto. En otros textos que iremos presentando encontrarán referencias a espectáculos de Narración oral presentados en universidades y plazas de Chicago o San Francisco, para multitudes, en la noche, protagonizados por algunas de las que se supone eran las teóricas y las narradoras de esa “tendencia”. Tengan en cuenta, y no es menor la precisión, que se está hablando de la primera mitad del siglo XX, donde los niños se acostaban antes de las ocho de la noche o no era costumbre que estuvieran en espacios públicos a esas horas. Una simple cita y se desmorona el falso castillo de los innovadores y adelantados que transformaron la inexistente “corriente escandinava”, centrada en la promoción de la lectura, en un arte de los escenarios, o de todos los espacios y los públicos, dirigido más a la producción y recepción estética del acto de contar que a fines pragmáticos y educativos. Escuchen a nuestra autora y verán como tenía claro que la Narración oral es un arte independiente, aunque es cierto que no llega a definirlo como un arte de la Oralidad, pero, también lo es, que en 1948 no estaban aún dadas las condiciones para que esto se enunciara de esa manera. Milman Parry, Albert Lord y Vladimir Propp habían publicado ya sus hallazgos, pero no empiezan a tener influencia en los sectores académicos hasta los años sesenta a través de Marshall McLuhan, Claude Lévi-Strauss, Eric A. Havelock, Paul Zumthor, Walter Ong, Jack Goody y otros. No hay que pedirle a nuestra autora más de lo que da, que es mucho y valioso, como verán.
Queriendo ser breve, no lo he sido. Quizás pude dar algunas pistas o datos biográficos de la autora norteamericana, pero no me acompañó la templanza. Y no está mal que así sea, al menos por esta vez.
Ruth Sawyer no me necesita para estar gloriosamente viva. Mejor los dejo leer.

Jesús Lozada Guevara

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